Hongos en la Garcipollera

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La Garcipollera es un precioso valle del Pirineo Aragonés, que en lengua jacetana significa valle de cebollas. Se encuentra a tan solo 10 kilómetros de Jaca. Lugar solitario, de bellos paisajes y escasa población, tiene como principal nucleo habitado Villanovilla y en él un restaurante albergue que recibe la misma denominación que el valle. Sus propietarios son Juan Diez, donostiarra del barrio de Gros, y su esposa Concha. Lo hacen tan bien que llenan a diario al acogedor y recogido comedor. Tuve la suerte de conocerlos a mediados del pasado y puedo dar fe de la bondad de su cocina y de la sugerente oferte basada fundamentalmente en prodcutos de zona y de la mediterránea Vinaroz, donde el matrimonio posee una segunda vivienda.

De entrada, a los euskaldunes nos llama la atención el gran lauburu (invertido) que está grabado en la puerta principal de acceso al local. Juan me aclaró que se trata de un sóbolo aragonés que ellos llaman «religada», de proderes protectores como el nuestro. El hecho de sentarnos seis en torno a la mesa nos permitió hacer. casi, un menú degustación del que destacaron los hongos, procedentes del valle de Tena. Prietos y poco mayores que un tapón de botella de Champagne, Concha los filetea y los pasa por la plancha aceitada el tiempo justo para que enternezcan y los presenta en fuente individual acompañados por la yema de un huevo escalfado sobre un cremoso puré de patatas que hace las veces de clara. Una delicia de conjunto. Me figuro que las setas de mayor tamaño las emplea para preparar las sabrosas croquetas que nos sirvió para ir haciendo boca, junto a una morcilla frita. Siguieron sepias y pulpo a la brasa así como una muy jugosa tortilla de bacalao. Caracoles (sabrosos, pero poco asustados), conejo confitado (al igual que el pato) y entrecot fueron los platos fuertes. Todos los postres fueron caseros, pero me llamaron la atención y degusté la tarta y flan de queso Oxortical. Corta pero bien seleccionada carta de vinos. Muy buena relación calidad/cantidad/precio. No olviden reservar, se llena incluso entre semana y en temporada baja.

Contemplamos la tarde haciéndole una visita a mi amigo Arriel Dominguez, propietario de la quesería antes mencionada, en la vecina Villanua, quien estaba exultante al haber conseguido el premio al mejor queso de Aragón, elaborado con el producto de su rebaño de ochenta ovejas.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 7 de noviembre de 2015.

 

Pochas, las últimas, las mejores

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Tras una reposada visita a la monumental Sos del Rey Católico, con sus estrechas cayejuelas, señoriales mansiones, castillo e iglesia de San Esteban, el tiempo corrió tan rápido para cuando fuimos al restaurante elegido nos encontramos sin plaza y tuvimos que recurrir a una recomendación de última hora, posiblemente interesada: el Vinacua. Allí nos sirvieron unos entrantes de categoría (una pena los segundos), incluyendo unas pochas sensacionales. Tal es así que, de regreso por Sangüesa, nos detuvimos para hacernos con unos kilos en fresco. Caímos en «Ultramarinos Juana María», donde encontramos lo que buscábamos y una persona, conocedora del tema, amable y comunicadora, me dió toda la información de una verdura que tiene ahí su cuna.

La temporada de pochas comienza por San Fermín, fecha en la que fructifica la variedad rastrojera cultivada en el invernadero. La qu se siembra a cielo abierto se retarsa hasta San Ignacio. En agosto-septiembre se recoge la llamada de medio palo y, desde este último mes hasta que comienza a helar, se cosecha la caparrona, que está considerada como la mejor, por la finura de su piel y mantecosidad. De esta variedad y cultivadas por su octogenario padre, Tomás Machain (1929), me traje unos kilos. Las guisé siguiendo la receta de María Gorriz «La Chaparra»: puse en un puchero 1/2 kilo de pochas desgranadas, 2 tomates, 2 pimientos verdes, 1 cebolla y una cabeza de ajo, cubrí con agua fría, calenté hasta que comenzó a hervir, las asusté (interrumpí el hervor con agua) dos veces y las dejé cocer a fuego moderado, hasta que estuvieron blandas. Saqué las verduras, las trituré e incorporé de nuevo al puchero con un chorretón de aceite y sal.

Tuve dos distinguidos invitados para degustarlas: Pedro Larumbe, el laureado cocinero navarro, presidente del Jurado del Campeonato de pinchos que se celebró en Hondarrabia, y el tambíen jurado y académico Jesús Astrain. Los dos repitieron. El primero les añadió un poco de aceite de Arróniz y el segundo me comentó que en Cintruénigo tienen fama las llamadas parrocas, en razón a que implantó su cultivo, con gran exito, un párroco soriano que las trajo de su tierra. Los tres acordamos que las que se comen este mes, tanto por su finura, como porque apetecen más con tiempo fresco, son las mejores.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 31 de octubre de 2015.

 

Arroz de pata

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He tenido que esperar casi treinta años, sin faltar a mi cita anual de Enero en Benidorm, para encontrarme con su faceta climatológica más adversa: viento, fortsímo viento, que derribó palmeras en el paseo, lluvias torrenciales, granizo que blanqueó la playa y un frío que aconsejaba, restaurante y buenos alimentos.

Es lo que hice, bien aconsejado y acompañado por mi amigo y colega en temas gastronómicos José Luis Orts, que me llevó al Racó del Pla, c/Doctor Nieto 42, en la capital alicantina. Se trata de una casa de comidas con solera, que cuenta con una surtida barra a la entrada y varios comedores en dos plantas. Al frente de ellos se encuentra José Gómez, hombre afable, simpático y conversador, que continua su vida laboral a pesar de haber cubierto la edad de jubilación.

Rosa, médico de profesión y esposa de José Luis, explicó, mientras hacíamos la comanda la diferencia existente entres los arroces valencianos de los alicantinos.Los primeros se limitan a la paella con una fórmula única, cuya preparación parece ser que nació en el campo.

Los alicantinos son arroces que admiten diversas posturas, y diversas ollas para cocinarlos y permiten, por ejemplo, aprovechar las sobras de un cocido para elaborar con ellas un exquisito arroz con costra.

La especialidad del lugar en que estábamos es el arroz con pata, una preparación de la Vega Baja (Orihuela), en el que al arroz van a parar , una vez cocidas,las partes, bien picadas de las extremidades de la res vacuna. El resultado es un plato contundente, sabroso y gelatinoso. que por sí solo cubre las necesidades del comensal más exigente.

Me llamó la atención una coca, de mollita, en la que masa de harina y aceite adquiere la textura de un polvorón. La oferta se completa con menús cerrados, como el benacantil o el marinero,con excelente relación calidad-precio.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «saber y Sabor» de «El Diario Vasco» de 11 de febrero de 2017.

 

Migas con setas

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Los valles de Ordesa, Hecho y Ansó que tuve el inmenso placer de visitar hace quince días, lucían sus espectaculares galas otoñales. Las rojas hojas de robles americanos contrastanban con las verdes agujas de los pinos, el blanco envés de los olmos, el amarillo de los chopos y el ocre de los robles y hayas. En lo alto las ciclópeas moles graníticas esculpidas de forma inverosimil por la erosión y al fondo de las umbrías foces el ténue sonido de los arroyos apenas con caudal. Un verdadero regalo para los sentidos que hubiese sido completo si, entre la hojarasca, hubiéramos encontrado setas. No había una, la lluvia, caprichosa, hacía semanas que no caía en estos parajes pero si descargó en abundancia en zonas limítrofes y no faltaron en catorce restaurantes del casi medio centenar de participantes en el concurso anual de Tapas y Cazoletas, como en Las Tres Ranas de Jaca, con un destacado palmares en este evento, dada su creatividad, donde me sirvieron un «risotto», contundente, cremoso y aromático, con seis variedades de setas (Boletus edulis y pinícola, «ziza-oris», trompetas de la muerte, gamuzas y angulas de monte) y mis compañeros de mesa disfrutaron con unos canelones rellenos también con setas, sabrosos y finos. Un comedor recomendable , pues además de la calidad hay que tener presente que ambos platos, así como el jugoso ternasco asado que degusté, figuraban, además de postre y vino, en el menú de 15 euros.

Aun cuando la temperatura, que rondaba los treinta grados, no fuera la ideal en la Borda Arracona, camino de Zuriza, una vez sobrepasado Ansó, decidimos hacer honor al plato más típico del lugar y pedimos unas migas de pastor. Quisimos que viniesen acompañadas de huevo frito (no escalfado, con el que quedan más ricos pero dan más trabajo en la cocina), pero la camarera (¿dueña?) con el aire adusto, nos dejo que allí eran muy tradicionales y las servían con cebolla cruda. Insistimos en que nos sirviera aparte, en un plato, unos huevos fritos, a los que la señora autoritaria se negó diciéndo textualmente: «El pastor, no tiene huevos», (suponemos que quiso decir que en las bordas no hay gallineros y por lo tanto carecen del complemento pedido) y nos dejó con la boca abierta, ya que minutos más tarde, nos sirvió unas migas muy agradables trufadas con setas, cortadas en pequeños trozos, y a una de las comensales, como segundo plato, ya que no come carne, dos huevos de amarilla yema con patatas fritas. Entiendo y respeto que se quiera respetar la tradición, pero todo tiene sus límites, y lo que nunc debe olvidar quien está al cargo de un comedor es que la atención al cliente debe primar por encima de personales criterios.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 15 de noviembre de 2014.

Quesos azules de Europa

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Después de más de una década, vuelvo a ocuparme de los quesos azúles, mis preferidos a la hora de degustar una buena tabla. Reciben el nombre de azules, pues independientemente del ganado del que se haya extraído la leche que se ha utilizado para su elaboración, todos ellos tienen la pasta salpicada de color azulado verdoso producido por los hongos penicilium glaucum que crecen en su interior, dándole un aspecto, aroma y sabor peculiares.

El más conocido y apreciado en el ámbito internacional es el Roquefort, de leche de ovejas, muchas de ellas del Pays Basque, pero al arrimo de él, nuestros vecinos cuentan con casi un centenar de «bleus», siendo posiblemente el más comercial el de Auvergne, de leche de vaca, moldeado en piezas cilíndricas de hasta 5 kg. y que se destaca por ser un poco picante, con él las buenas cocineras de la tierra guisan unos exquisitos «souflées».

Los ingleses se vanaglorían, con razón, de su Stilton, hecho de leche de vaca como el Chedar y el Chesire, otras dos variedades azúles menos conocidas. El Stilton cilíndrico de unos 20 centímetros de diámetro y que supera los 6 kilos de peso, tiene un sabor muy equilibrado y menos salado que el francés. Entiendo que es lo suficientemente bueno, sin que haya que ponerle unas chispas de oro comestibles, para convertirlo en uno de los quesos más caros (700 € kilo).

En Alemania el más conocido es el Edelplitz de leche cruda de vaca, se diría el padre del danés Daneblau, ya que su elaboración se debe a un industrial germano, con la diferencia de que en este caso la leche se pasteuriza. Muy cremoso, suave y aromático es el Gorgonzola italiano, de leche cruda de vaca, que viene de maravilla para gratinar unos espárragos.

A la cabeza de los nacionales está el Picón con sus tres versiones Cabrales (asturiano) con denominación de origen (D.O.) Tresviso (cántabro) y Beges (leones). Los tres utilizan leche del ganado, es decir, vaca, oveja y cabra, según la producción de la cabaña en cada momento. Con la misma materia prima, en el concejo asturiano dell mismo nombre elaboran el Gamonedo al que en ocasiones dan un toque de humo. Finalmente hemos de mencionar el de Valdeón hecho con leche de cabra, de vaca o la mezcla de ambas, de sabor fuerte y alto contenido en grasa.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 7 de junio de 2014.

«Poule au pot» para el 31 de agosto

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Los historiadores ponen en boca de Enrique IV de Francia y III de Navarra la frase: «Quiero que haya una gallina en la olla de todos los campesinos, todos los domingos», el cumplimiento de tan democrática y social medida, dio como resultado la creación de un plato «la poule au pot», que está considerado como el más emblemático de la cocina bearnesa y del que el monarca calificado como «El buen rey», por su constante preocupación por mejorar la calidad de vida de sus súbditos, se generosas fuentes. Eso ocurrió hace poco más de cuatrocientos años, pero quienes rigieron el país vecino con posterioridad se olvidaron de que tan nutritivo cocido estuviera al alcance del pueblo, cada fín de semana, hasta que llegó un descendiente de Enrique el Grande, Luis XVIII, quien, precisamente hace dos siglos, restableció el dominical condumio9.

Hoy hace doscientos años, que a las tropas francesas que a la sazón ocupaban Donosti, les dieron matarile. Para celebrar la efemérides, la Cofradía Vasca de Gastronomía ha pensado que nada mejor que organizar, a las 14:00 horas, un banquete en el que el protagonista sea el renombrado plato de la cocina gala, para lo que ha entrado a saco en el criadero de Euskal Olloa que José María Pacha tiene en Andoain y se ha hecho con las mejores gallinas del corral y se han dado una vuelta por las huertas aledañas a San Marcial, que también tiene algo que ver con el festejo, y se han hecho con los ingredientes necesarios para elaborar lo que el «Larousse Gastronomique» titula como «Pot-au-feu à la béarnaise», que tiene muchas variantes. He aquí la que los tratadistas consideran más tradicional.

Vaciar y flambear una hermosa gallina. Picar el hígado, corazón y buche al mismo tiempo que una buena loncha de jamón de Baiona. Empapar en leche un cuarto de kilo de miga de pan, escurrirla y mezclarla con el picadillo, ligarla con dos yemas de huevo, salpimentar. Rellenar la gallina con esta farsa y coser el orificio.

Poner a hervir tres litros de agua en una olla, al comienzo del hervor meter la gallina, cuando este se renueve, retirar la espuma. Dejar cocer una hora, incorporar a continuación: puerros, zanahorias, nabos, cebolla, ajos y hierbas aromáticas, sazonar. Mantener a fuego suave, otra hora y media, para que la gallina quede tiernísima. Se sirve primero el caldo con unas rebanadas de pan tostado, luego las verduras y a continuación la gallina despiezada y la farsa cortada en rodajas. Puede acompañarse con arroz blanco o salsa de tomate.

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Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 31 de agosto de 2013.

Croquetas

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La voz croqueta, deriva del verbo francés «croquer» lo que significa «comer algo que cruje». De ahí sacamos dos conclusiones, que la preparación viene del país vecino y que las fetén , deben crujir al morderlas.

El secreto de una buena croqueta es una bechamel fina (sin grumos, ni sabor a harina) pacientemente trabajada, a la que se le añade el producto deseado y una vez que haya solidificado, se da forma, se reboza con huevo y pan rallado y se fríe, en abundangte aceite, bien caliente.

La base es por demás económica y admite todo tipo de acompañamientos, por lo que en estos momentos en que, incluso a nivel doméstico hemos de controlar los gastos, es un plato recomendable. Pensemos que de una misma tacada podemos hacer media docena de variedades, sin más que tener preparadas en distintos platos diversas farsas( jamón picado, queso rallado o cremoso, bacalao desmigado, y pasado por la sartén, restos de pollo asado desmenuzados o de bonigto encebollado, etc.) que mezclaremos, el contenido de cada uno, con la bechamel antes que haya espesado. Es, además, producto que se conserva bien en el figrorífico. Si hacemos distintas variedades, recomiendo darles, a cada una, forma diferente, (clásica, cilíndrica, esférica, cúbica, de base rectgangular o triangular, etc.) para identificarlas a la hora de servirlas en la mesa.

Las nuevas tendencias culinarias han puesto de moda, las croquetas cuyo interior tiene una textura casi líquida, que contrastgan con las que hace más de medio siglo nos serevía doña Felisa, buena cocinera y mejor contable, en su pensión de Zaragoza, en la que recalamos un buen número de guipuzcoanos. Eran unas croquetas viudas, moldeadas, con un espeso puré de patatas ( que sustituía a la bechamel) que bien empanadas y fritas, nos sabían a gloria y nos llenaban el badullo.

Días pasados en Cucabrera, una tasca centenaria de Galizano (Cantabría), cuya especialidad son las «sartenucas» (sabrosa y contundente la de huevos estrellados, con patata y jamón) nos sirvieron unas deliciosas croquetas de chipirones, crujientes, de masa fina, color antracita, y de notable sabor al cefalópodo, pero sin vestigios masticables de él. Daba la sensac ión de que estaban elaboradas, mezclando la bechamel con la salsa sobrante de una, bien guisada, cazuela de calamares en su tinta. Si así era, estamos ante un aprovechamiento integral de un molusco, del que estos días se están haciendo buenas capturas, según me informan…, y de unas originales y económicas croquetas.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 24 de agosto de 2013.

 

Pipirrana

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Desconozco la singular etimologia de esta ensalada andaluza, que nos menciona al excremento de un batracio, ni sus homónimos: mojete, pimpirrana y piriñaca. Corominas no lo recoge en su Diccionario. Algún estudioso en la materia apunta a la posibilidad de que se derive del hecho de que los ingredientes se partan en pedacitos. A otros los entroncan con la «piperra» euskaldún, ya que el pimiento es imprescindible en su preparación.

Manuel Vázquez Montalban, gran autoridad en temas gstronómicos, dejó escrito en «La cocina del mestizaje» que ¨La pipirrana de bacalao es, de las ensaladas asadas, la más famosa y popular, compuesta de tomates, ajos, pimientos morrones, sal y bacalao deshilado».

Esta ensalda (sin bacalao) puede presentarse como plato de entrada o como guarnición de pescados o carnes a la plancha. En el primero de los casos puede acompañarse con un surtido de fiambres o de embutidos.

En el sur de la provincia de Cuenca con el mismo nombre, los mismos ingredientes vegetales, cocinados y muchas especies, nos servirán un guiso en el que a la cazuela habrán ido a parar, aves de corral, conejo, cerdo, etc…

Son muchas las localidades sureñas que se precian de preparar la mejor pipirrana, en especial Caravaca que se proclama como la más completa…..pero no lleva bacalao. Como este ingrediente es muy de nuestro gusto, ahora que nos acercamos al verano y nos apetecen entradas refrescantes, les facilito la receta de la Sierra Cazorla, una de las más renombradas, que allí llaman «pipirrana rinran». En un mortero de madera se majan un diente de ajo, unos granos de sal gorda, un pimiento verde troceado, un tomate pelado, una yena de huevo duro, y un poco de miga de pan viejo. Una vez majado le añadimos un kilo de tomates bien maduros, escaldados, pelados y troceados, se rectifica de sal, si es preciso, se riega con abundante aceite de oliva. Se deja enfriar una noche en el frigorifico. Se sirve en una fuente, adornado con huevos duros y las tiras de bacalao, poco desalado, puestas encima.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 8 de junio de 2013.

Vinos de pago

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El diccionario define la palabra pago, además de como «entrega de un dinero que se debe», como «distrito determinado de tierras o heredades, especialmente de viñas y olivares». Hablemos de estos viñedos singulares, que a partir de primeros de siglo han reverdecido el antañón termino de terruño como sinónimo de calidad.

El mes pasado, en compañia de varios miembros de la Academia Vasca de Gastronomía, disfruté de un día primaveral en los pertenecidos de Torre Oña, un verdadero château situado en Páganos, lugar perteneciente al municipio de Laguardia, en la conocida como Milla de oro de la Rioja Alavesa. Allí, a pie de viña, las relaciones públicas Inma Bezunartea, dio una perfecta lección, breve y concisa, sobre las caracteristicas que deben tener la finca, las cepas, la vendimia y el sistema de elaboración para que sus vinos puedan llamarse «de pago».

En términos generales, un pago debe ser un paraje singular, delimitado por unos accidentes geográficos claros, con un microclima determinado y una composición del suelo particular. El término puede equipararse al «cru» bordeles. En este caso concreto, la finca, a 630 metros de altitud, tiene 57 hectáreas, delimitadas al norte por la sierra de Cantabria, que la protege de los vientos dominantes del Norte y Noroeste y la de la Demanda al sur, con corrientes de agua que la atraviesan transversalmente, que le dan una gran personalidad al viñedo. El cepaje es exclusivamente de Tempranillo, la mayor parte, y Mazuelo.

El terreno ha sido parcelado vía satélite, en subparcelas naturales, para ajustar la vendimia, la realizada siempre a mano (lo mismo que la poda, el esclareo y la esperguera), al momento óptimo de madurez de la uva, que variará según la climatología, tanto por la diferente insolación como por la hunmedad recibida durante el año. La recolección se prensa y vinifica por separado, para estudiar su trazabilidad y evolución. Tras la fermentación y el envejecimiento siempre en barrica, las diferentes trasiegas se realizan manualmente por gravedad y se calibra la pureza del vino del vino a la antigua usanza observándolo a través de la lñuz de una vela. El resultado de una tan prolija tarea son dos vinos: el crianza Finca San Martín y el Torre de Oña. Como complemento anotemos que la finca acaba de obtener el distintivo Compromiso de Calidad Turística.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 1 de junio de 2013.

 

Los jugosos pistos

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El Diccionario de la lengua castellana define la palabra pisto como: «Guiso hecho con diversas hortalizas, picadas y fritas, especialmente tomate, pimiento calabacín y cebolla». Estamos en la época más idonea para recrearnos con esta jugosa preparación, empleando productos autóctonos.

La cocina española ha popularizado como el más auténtico el pisto manchego (cuya receta se ajusta a la definición). La vasca, por su parte, nos habla del pisto bilbaino, del que la donostiarra Ana María Calera da cinco recetas diferentes en su obra «La Cocina Vasca».

La docta escritora, en un preámbulo aclara «El pisto tiene tantas recetas diferentes como cocineras lo hacen. Debido a ello, y aunque el pisto se apellida «bilbaino», creemos que sinceramente a veces está muy lejos de llevar este apellido con la veracidad y honradez que se merece». Yo entiendo que el bilbaíno, como ella misma lo certifica en cuatro de sus recetas, se sale de la definición oficial, en que, además de las hortalizas, lleva huevo en su composición, y de ahí su singularidad y apellido.

Algunos cocineros aconsejan que hacen falta tres sartenes para obtener un buen resultado, puesto que las hortalizas tardan diferente tiempo en ablandarse, una en que freiremos la cebolla y el pimiento picado, otra para el calabacín y una tercera para poner a punto el tomate y al final unir el contenido de las tres.

Dicen que, como tantos otros platos populares (paellas, calderetes, sartenadas, etc.), el pisto es una preparación que los hortelanos preparaban en el propio huerto. Si esto es así, no les veo utilizando tres recipientes. Lo que aconseja es ir echando a la cazuela o sartén con aceite caliente, y una vez limpia y bien troceada la verdura, por este orden: prmero la cebolla, cuando empieze a pocharse, el pimiento ( verde o rojo, o ambos), luego el calabacín (a mí me gusta pelado), y por último los tomates, también desprovistos de su piel. Sal y un poco de azúcar para eliminar la acidez del tomate dejan el plato listo para tomarlo solo o acompañado de jamón, huevos fritos, pollo,etc….

Como quiera que estamos sufriendo una severa sequía, a los calabacines que faltos de agua, están más duros y tardan más tiempo en ablandarse. Este año, por lo menos en mi huerta, se están dando bien las berenjenas, yo las añado al pisto, que queda así más sabroso…..Pero no es un pisto, es una ratatouille.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 25 de agosto de 2012.