Nécoras de fino sabor

lapitz_10-12-2016

Mi tio Julián Sagarzazu, del que quizá herede la vocación por el dibujo y las letras, era un «moko fiña» al que le gustaban los mariscos, especialmente las ostras, pero odiaba abrirlas. Por ello clamaba por encontrar algún día una persona que sintiera placer separando sus valvas (en sus tiempos no las vendían abiertas).

Algo similar me ocurre con las nécoras, que te pasas una eternidad para extraer toda su carne de caparazón y patas, aconsejándote prescindir de su finísimo sabor. En una ocasión que tuve que organizar un banquete para un centenar de personas, conocedor de los gustos de la persona protagonista del evento, coincidentes con los míos, le sugerí a Jesús Mangas, alma del recordado y acogedor restaurante Jaizubia, que incluyera en el menú unas nécoras. El hombre se llevó las manos a la cabeza y me dijo: «Juanjo, por favor, no me pidas eso, porque me desbaratas los tiempos». Ahora que nos acercamos a las grandes celebraciones navideñas en las que nos sobrará tiempo para tomarnos el trabajo de limpiarlas, saborearemos este exquisito marisco y hablaremos de él.

La nécora es un crustáceo decápodo de la familia de los Portunidos que Linneo bautizó como portunus (en honor al Dios romano de los puertos) puber (por el vello que las cubre). En algunas zonas cántabras le llaman andarica y en euskera se denomina txamarra. Es un cangrejo de caparazón en forma de hexágono de unos 10 centímetros de anchura de color pardo rojizo y cinco pares de patas, el primero convertido en gruesas pinzas y el último trasformado en una especie de aletas que le permiten nadar. Vive en aguas poco profundas del litoral, se alimenta de otros crustáceos, algas y peces muertos. Se pesca con nasas que se calan de noche y se retiran antes del amanecer, pues de día descubre la salida y se escapa.

La forma habitual de consumirlas es cocidas, a poder ser en agua de mar. Cinco seis minutos de ebullición le bastan. Pero para mi gusto están más sabrosas asadas al horno o a la plancha o fritas en aceite, ya que en estos casos se hacen en su propio jugo.


Artículo de Juan José Lapitz publicado en su sección «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» de 10 de diciembre de 2016.

Secretos de un buen bacalao al pil-pil

irun_bacalao

Cualquiera de las cazuelas no seleccionadas entre las doce mejores,en el reciente XXXVII Concurso de Bacalao al Pil-Pil, organizado por la Sociedad Jostallu irunesa, hubiera ganado ampliamente, en el certamen celebrado hace un cuarto de siglo. Año tras año, el que, posiblemente, sea el más veterano y concurrido concurso de la especialidad, en nuestro territorio, va superándose a sí mismo, en presentación y calidad de los guisos.

Demos un somero repaso a aquellos detalles que tienen en cuenta algunos jurados, aparte evidentemente del sabor, que es el principal, a la hora de anotar sus puntuaciones. En la última ocasión unifiqué criterios con Juan Manuel Garmendia, miembro activo de la Cofradía Vasca de Gastronomía y factotum del convivium de Slow Food, quien anotó cuantos comentarios hicimos.

La presentación es un factor muy a tener en cuenta, pero no solo del contenido, sino también del continente. Una cazuela de barro grande, limpia, en el que quepan holgadamente las tajadas, da una mejor imagen que una pequeña. Se valora que los trozos de bacalao sean hermosos, uniformemente cortados, limpios de huesos y espinas (antaño nos encontrábamos con pedazos de la columna vertebral), que esté la piel a cara vista y suficientemente cocidos (detalle que se constata introduciendo las puntas del tenedor). Pero ¡Ojo! Que no deshagan al tocarlos, sino que al presionarlos se separe en lajas. El color del conjunto debe ser dorado proporcionado por el buen aceite empleado, no blanquecino. La salsa gusta que sea ligeramente espesa y no compacta como si de un alioli se tratara (ya que en ese caso estaríamos ante un bacalao ligado y el aceite no haría pil-pil, onomatopéyico de la salsa, sino que haría glup-glup).

Ya en boca no se deben apreciar sabores extraños (algunos utilizan aceite en el que se han frito pimientos) siendo conveniente, en verano, tener el remojo en el frigorífico, para que el pescado no se revenga. Al mismo efecto no debe pasarse el punto de dorado de los ajos. Tras mascarlo el bolo alimenticio debe ser fácilmente deglutible, no estropajoso. Por último el bacalao debe estar sabroso, no soso. Para ello emplear lomos salados a la forma tradicional y desalarlos convenientemente al punto justo Los desalados y congelados que hoy se venden son muy prácticos para uso doméstico, pero no están concebidos para participar en concursos…parecen lavados.


Artículo de Juan José Lapitz en su seccción «Saber y Sabor» de «El Diario Vasco» del 7 de julio de 2012.