
Menú. Fotografía: Daniel R. Blume
Llegada la primavera, las cartas-menú, se renuevan en todos los restaurantes que se precien. La irrupción de todo tipo de verduras y las primeras frutas, la llegada de las tan apreciadas anchoas y los primeros bonitos, los corderitos mamantones etc., invitan a ponerlas al día, pero procuremos hacerlo correctamente.
Aquí, en , donde la mayoría de los establecimientos, disponen de cartas bilingües (euskera-castellano), cuando no trilingües (francés) acostumbramos a mezclar, en la versión castellana, vocablos euskaldunizados. Así por ejemplo leeremos “antxoa, txitxarro o txuleta”, en lugar de anchoa, chicharro y chuleta. La auténtica versión euskaldun la tendremos en su correspondiente carta. No creamos que por cometer faltas de ortografía somos más vascos. Me permitiría algunas excepciones, cuando se trata de nombres consagrados, como el “txangurro” a la donostiarra el “marmitako” o el conocido postre “gateau basque”, que pueden escribirse con comillas.

Txangurro a la donostiarra. Fotografía: Joselu Blanco
Cuando el responsable de la sala quiere que le traduzcan la carta del castellano al francés, no debe acudir a una academia. Sino a un experto en gastronomía, que domine los dos idiomas, si no le ocurrirá como a un establecimiento estrellado gipuzkoano, que le tradujeron hongos por “champignon” en lugar de “cepes” y a las cigalas por “cigales”, desconocedor el técnico que a ese crustáceo le llaman en el país vecino “langoustine”, que nada tiene que ver con el nuestro.
Cuando veo una carta con cien o mas platos, me echo a temblar. ¿Como pueden estar frescos todos ellos? Si somos un poco pillos podemos aprovechar, cuando somos varios comensales, pidiendo una serie de ellos, y ver como reacciona el personal. Si recibes la respuesta “Se nos ha terminado” o “Perdone,. pero acabamos de servir el último” , esta claro que el dueño se ufana, en hacer creer “en mi casa hay de todo”. La otra opción, harto frecuente, en lugares turísticos es que el restaurante tiene un suministrador de platos preparados, que en el restaurante se encargan tan solo de calentar y presentar.

Huevos fritos. Fotografía: demi
Observo que en las cartas, salvo la ·”Tortilla de…” (pocas veces de patata), escasean los platos de huevos, ni fritos, ni escalfados (que ricos están con un buen puré de patata), ni pochés. No hace mucho tiempo, en el Pirineo aragonés, como la carta no era muy sugerente, pedí, que me hicieran un par de huevos fritos. Me arrepentí. A la mesa llegaron dos cosas blancas, desnudas de guarnición, en cuyo centro había una sustancia amarilla y solida como una piedra. Se les habían reventado las yemas y lo trataron de arreglar teniéndolas un rato mas al fuego

«Polvos», mejillones. Fotografía: juantiguanes.
Quizá el caso mas embarazoso, me ocurrió en un restaurante de la playa carioca de Ipanema..El local estaba muy ténuamente iluminado, la persona que me acompañaba, fue al baño. A atenderme vino una nativa que trataba de mostrar sus encantos naturales, mientras me tendía la carta. Como quiera que no podía leer bien, le pedí a la moza que me dijera cuales eran las especialidades de la casa y me respondió sonriente y sugerente: ”Los polvos”. Posiblemente la curvilínea servidora tenía mas conocimientos del argot castellano que yo de la lengua portuguesa y dio pie al equívoco. Por un momento, mal pensado, creí, haberme equivocado de lugar. La llegada de quien me acompañaba, con mejores conocimientos de la lengua nativa, puso las cosas en sus sitio. La especialidad eran los mejillones que allí llaman polvos.
Ya decía el otro día que me gustan los comedores luminosos y las cartas redactadas en caracteres grandes para no tener que echar mano de las lupas.